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Abandonar la pregunta "¿qué hay de malo?" para pasar a preguntarse "¿qué hay de bueno?" representaría un despertar de conciencia histórico. Además, hay que reconocer que se necesita un cambio legislativo, porque los padres están solos frente al mundo. Y este abandono ya no puede tolerarse.

Hagamos un experimento: intentemos leer un texto musical como si fuera un poema:
“Con dinero de la droga, ¡ah!, compré un arma, ¡ah!;
sueño una semana bajo el sol, ¡oh!, me arriesgo a semanas de calabozo, ¡ah!.


Con un agujero en la cabeza (¡bang, bang!), para hacerte un agujero en la cabeza: ¡tu-tu-tu-tu!.
Somos mafia, pero todo legal, casi en lo alto de la escalera;
Te veo temblar. ¿Has visto alguna vez un arma? Tu sales de la habitación con más agujeros que un colador; mi amigo (slime en el orig.) y yo te disparamos con la Cobra ('Beretta Cobra’, un arma).

Son palabras extraídas de la canción «Settimana al caldo» del grupo italiano «FSK Satellite». Este es sólo un ejemplo entre los textos musicales internacionales de última generación: los textos violentos no son una novedad, mientras que es una novedad que este tipo de canciones están afectando también a los niños conectados a las redes digitales, a menudo sin el conocimiento de los padres y de los educadores. Recordemos nuestra metodología: no juzgamos al artista-persona, sino el producto artístico del que es portador, individualmente o en grupo, y mantenemos viva la esperanza de que la creatividad pueda ponerse, tarde o temprano, al servicio.

Ahora imaginemos que vamos a la escuela primaria más cercana y le pedimos permiso al profesor de los niños mayores para recitar estas palabras frente a toda la clase. Obviamente, nos lo negaría, y ante nuestra posible insistencia, llamaría a las fuerzas de seguridad para que nos alejara de allí, porque el texto no es apto para niños – y si tenemos que ser honestos, ni siquiera lo sería para adultos, aunque este es otro tema.

Volvamos a la realidad. Este proyecto artístico es uno de los que disfrutan los niños de 10 años, como observamos en la encuesta periódica que realiza la asociación Hope con el objetivo de conocer los productos artísticos de la infancia y la preadolescencia. Tomamos esta canción solo como ejemplo, y no porque sea la única, sino para dibujar el escenario en el que demasiados niños crecen en la soledad de sus habitaciones.

"A través de la música todo pasa, y pasa más rápidamente" es un axioma que mis lectores están acostumbrados a leer; comprenderlo, educativa y críticamente, significa predecir lo que pasará en la cultura y las costumbres, y tener la posibilidad de actuar de manera preventiva. De lo contrario, seguiremos llenando los estudios de televisión o las páginas de los periódicos con la opinión de los expertos del día siguiente.

El incendio social que está quemando una generación justo ha empezado a chisporrotear en las macroluchas violentas entre adolescentes, también menores de 14 años; un incendio provocado por proyectos estéticos cada vez más violentos verbalmente, autoritarios y, a veces, incluso socialmente desviados; un incendio alimentado por los medios de información mayoritarios, que no detectan su problematicidad y acaban normalizándolos; un incendio en el que sopla la ausencia del mundo educativo, que se preocupa por lo que pasa en las aulas físicas y virtuales, e ignora que en las aulas digitales de un smartphone en manos de los niños se dice exactamente lo contrario y de manera más atractiva.

Pensar que es posible educar ignorando los modelos dominantes que acompañan el crecimiento de la infancia es una vana ilusión; en especial, los modelos estéticos, artísticos y musicales, que llegan antes que los otros, y sin encontrar la resistencia educativa de adultos capaces de dejar de lado la pregunta "¿qué hay de malo?" para empezar a preguntarse "¿qué hay de bueno?". Esto sería un despertar histórico de las conciencias, que ahora están insensibilizadas por dosis de caballo de morfina mediática, un despertar necesario para que podamos salir de la espiral de los múltiples fracasos educativos, desde un punto de vista social.

Pero esto no es suficiente. Es necesario también reconocer la urgencia de unos cambios legislativos, porque los padres están solos contra el mundo, y este abandono ya no puede tolerarse: si los niños de 10 años tienen libre acceso a productos como el que hemos mencionado en este artículo, es porque existe un error sistémico que debe corregirse, incluso con normas, advertencias y sanciones para los adultos que lo permitan.

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