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Los fenómenos culturales siempre se cruzan con la música, por esto no podemos educar a hijos y hijas sin conocer las provocaciones a las que se van enfrentando en la soledad de sus habitaciones, con un móvil entre las manos. 

Para todos aquellos a quienes les importa el bien de los pequeños o incluso solo su bienestar psicofísico, el mundo artístico que vamos a visitar será difícil de aceptar. 

Sin embargo, una premisa es necesaria: uno no está juzgando a la persona, sino que está evaluando su propuesta artística y su fuerte influencia en los procesos educativos, sabiendo perfectamente que la responsabilidad de un proyecto mundial no puede atribuirse a una joven de 18 años, sino sobre todo a los adultos que la guían y acompañan.

Vamos a hablar de una joven artista que alcanzó su éxito mundial a los 17 años, que ha ganado 44 premios musicales y 5 Grammy Award solo este año 2020; acaba de cumplir los 18 y tiene decenas de millones de fans, especialmente niñas y chicas a partir de los 10 años.

Ella es Billie Eilish, nació en Los Ángeles (EE. UU.), comenzó a cantar a los 11 años y está en el escenario desde que tenía los 15. Cientos de artículos sobre su vida y su carrera la celebran como la estrella pop más admirada e influyente del mundo: Forbes decía, con un año de antelación, que Billie sería «la artista a vigilar en 2019»; la revista New Music Review (NME) afirmaba que Billie era «la niña de la que más se habla en todo el planeta»; New Musical Express la eligió como «portavoz de la Generación Z», es decir, los nacidos entre 1995 y 2010. Claro que no hay nuevos profetas, sino personas tan potentes que pueden decir lo que pasará porque tienen la fuerza para decidir ‘lo que pasará’.

Hay dos iniciativas que indican lo que Billie tiene que comunicar al mundo: la primera es la interpretación, en 2017 y 2018, de la banda sonora de «Thirteen», la controvertida serie de televisión producida por Netflix que terminó en el ojo del huracán por su correlación no causal con el aumento de suicidios entre los adolescentes (cf. Revista de la Academia Estadounidense de Psiquiatría Infantil y Adolescente - Journal of the American Academy of Child & Adolescent Psychiatry); lo que hizo saltar la alarma fue «una carta enviada al periódico Mirror por Rachael Warburton, madre inglesa de Jessica, una niña de 12 años aficionada a la serie que fue encontrada muerta por suicidio» (Agi.it); al final, los productores de la serie cortaron la escena explícita del suicidio, pero el aburrimiento de la vida, el uso de drogas y sustancias psicotrópicas, el sexo en sus diferentes variantes y también la violencia sexual se dejan ante los ojos acríticos de niños y niñas, que, sin la presencia de adultos, sacan sus consecuencias, como por ejemplo que suicidarse puede ser una forma de castigo para quienes los/las hicieron sufrir. Terrible, en el sentido literal del término: provoca terror. Así como provoca terror la segunda de las iniciativas de la artista en 2019, es decir, el álbum «When We All Fall Asleep, Where Do We Go?» («¿A dónde vamos cuando nos quedamos dormidos?»), y en concreto dos canciones: «Bury a friend» («Entierra a un amigo») y «All the good girls go to hell» («Todas las chicas buenas van al infierno»).

No podemos entender el alcance del proyecto artístico sin mostrar algunos fotogramas de los vídeos, que serán útiles para comprender el nivel de las apuestas para aquellos que la consideran un ídolo a seguir incluso en un mundo de pesadilla, del cual, en cambio, todos tendríamos que huir prontamente junto con la joven artista: un mundo que coquetea con el abuso, el aturdimiento, las sustancias psicotrópicas y, finalmente, el mal en persona, Lucifer.
La portada del álbum representa a la joven artista con los ojos sin pupilas, que infunde un miedo instintivo y evoca posesión satánica.

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En el vídeo de Bury a friend, la artista aparece con los ojos completamente negros, caminando de forma antinatural, sin gravedad y siendo levantada por una fuerza invisible: todas ellas, iconografías de la posesión que emergen bajo la frágil corteza de la representación artística y la narrativa.

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En las secuencias siguientes, unas manos salen de la nada y empiezan a tocar a la joven, menor de edad al tiempo de la grabación, mientras ella parece incapaz de reaccionar, con una cara que recuerda a la de las mujeres que sufren abusos bajo la influencia de sustancias psicotrópicas, víctimas sin fuerza. Las manos la llevan por toda la habitación y ella no tiene fuerzas para resistir.

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Lo que Billie experimenta no parece consensual, como también se puede ver en la escena siguiente, cuando manos anónimas la tocan, rasgan su ropa y desnudan su espalda, en la que inyectan una sustancia no bien definida. Mientras tanto, el aturdimiento continúa.

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La letra del la canción que acompaña el vídeo nos lleva de vuelta a la ficción Trece, que, como dijimos, romantiza el suicidio: «Quiero acabar conmigo [matarme], lo quiero » («I wanna end me»). El círculo parece cerrarse: la adolescente que invoca el suicidio para sí misma mientras es víctima de abuso es la misma que acompaña musicalmente una serie de televisión que narra la situación de una adolescente suicida por razones similares.

Las siguientes palabras, «por las deudas que tengo, tengo que vender mi alma» («For the debt I owe, gotta sell my soul»), nos llevan a la segunda canción: All the good girls go to hell (‘Todas las chicas buenas van al infierno’), donde una chica muy joven y hermosa, con la mirada aburrida en la que la mayoría de las adolescentes pueden identificarse, es representada como Lucifer, que ya no aparece bajo una luz negativa, sino más bien positiva.

El vídeo es el segundo acto de «Bury a friend» («Entierra a un amigo»), donde, como veíamos, la joven artista es apuñalada con jeringas. Ahora podemos captar la consecuencia de estas inyecciones: a Billie le crecen alas satánicas y, como el diablo expulsado del Paraíso, cae del cielo y empieza a cantar «Mi Lucifer se siente solo» («My Lucifer is lonely»). Como se ve en las imágenes que vienen a continuación, Billie misma es Lucifer, con los ojos negros y sin alma. Dramático, trágico, terrible. Especialmente si este proyecto artístico recibe un premio otorgado por una Televisión dedicada a niños, niñas y adolescentes.

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A confirmación de que el suicidio no es un tema casual, en noviembre de 2019 salió la canción «Everything I wanted» («Todo lo que quería»), en la que Billie sueña con saltar desde el Golden Gate de San Francisco, «el puente de los suicidios», utilizado también como imagen para el lanzamiento de su nuevo trabajo en todo el planeta.

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Si esto no fuera suficiente, el vídeo de enero de 2020 relacionado con esta canción nos muestra un suicidio: Billie conduce un coche con el que se tira al agua del océano y se hunde. Su compañero en este «viaje» es su hermano y colaborador Finneas.

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En conclusión, los fenómenos culturales siempre se cruzan con la música, por esto no podemos educar a hijos y hijas sin conocer las provocaciones a las que se van enfrentando en la soledad de sus habitaciones, con un móvil entre las manos, escuchando al que pensamos que tan solo es «uno de sus artistas preferidos»: fingir que nada ha cambiado y que siempre ha sido así es un pecado generacional de omisión, más grave aún para aquellas instituciones que tienen las estructuras y los medios financieros para intervenir y no lo hacen. 

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